viernes, 8 de julio de 2011

La oportunidad

Raúl es un chico de dieciséis años que está a pocos meses de terminar la secundaria, pero tiene una espina clavada en el corazón porque nunca ha podido destacar en el equipo de futbol del colegio y al no ser titular, no será mencionado como tal en la ceremonia de graduación y por lo tanto, según él, sus padres no sentirán orgullo cuando le entreguen su diploma de egresado.

Cuando se enteró que uno de los delanteros del equipo titular se había lesionado y pasaría cuatro meses en recuperación, sintió que había llegado la oportunidad que tanto estaba esperando y se esforzaba en las prácticas para que el entrenador lo considere como titular. Era el primero en llegar y el último en salir. Además tenía una ventaja: Sólo quedaba un delantero más en banca que compitiera con él, Juan, y este no era muy virtuoso con el balón.  Pero mientras más se ejercitaba, más dudas lo asaltaban: ¿Y si el entrenador no me considera?; ¿Y si no soy lo suficientemente bueno?; ¿Y si juego mal?; ¿Y si Martín se recupera a tiempo y juega el resto del campeonato?, en fin.  Así se pasó los primeros días, hasta que sucedió algo que terminó por acrecentar esa incertidumbre: La presencia de un nuevo delantero.

Sucedió un lunes en que Raúl llegó puntual a las prácticas y encontró que ya había alguien más entrenando. Era Diego, jugador de un equipo rival, considerado el mejor del año anterior. Raúl no podía explicarse qué estaba haciendo “el nuevo” ahí, pero finalmente llegó a una conclusión: “El entrenador lo trajo para que sea el nuevo delantero del equipo, sí, eso es”. Por eso, cuando el entrenador lo presentó y dijo que llegaba a apoyar al equipo, las ilusiones de Raúl se derrumbaron.

Miles de pensamientos lo golpeaban cual balas que le impactaban una y otra vez en el corazón: “Diego es el nuevo delantero”; “El entrenador lo ha traído porque sabe que soy jugador mediocre”.
Su carácter empezó a cambiar incluso con sus compañeros: “Me miran con lástima porque saben que entrené por las puras”. Y cada vez que el chico nuevo se acercaba para intentar que entrenen juntos, Raúl se alejaba disimuladamente pensando: “Se acerca para burlarse de mí”; “Quiere que vea que es mejor jugador que yo”. A veces Diego se colocaba junto a Juan, acrecentando la rabia de Raúl, porque pensaba que entonces eran ambos los que se burlaban de él. Incluso cuando el entrenador conversaba con Diego y Luis, el otro delantero, Raúl los miraba de reojo pensando: “Se están riendo de mí y me da rabia que piensen que soy un perdedor”.

Y así pasaron las tres semanas que faltaban para el reinicio del campeonato; y los pensamientos de Raúl llegaron a dominarlo por completo, al punto que pasó de ser un luchador, a un resignado; dejó de esforzarse al máximo, de llegar temprano a la práctica, hasta dejó de ser amable con sus compañeros pues pensó que de nada le valía el esfuerzo si había siempre alguien que hiciera las cosas mejor y ese sería el premiado, el escogido.

Llegó el día del reinicio del campeonato y el entrenador colocó la lista de titulares y suplentes para el primer partido.

Raúl sabía muy bien que su comportamiento no había sido bueno, por lo cual no le hubiera sorprendido estar en la lista de suplentes, para variar. Además, el equipo contaba con tres nuevos jugadores que se incorporaron en las últimas semanas, lo cual reforzaba su teoría de la suplencia.  Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta no sólo de que no estaba ni en la lista de suplentes, sino que además de Luis, el otro delantero titular del equipo no era Diego…era Juan.
El muchacho no podía explicarse cómo era posible que el entrenador hubiera tomado tamaña decisión, puesto que Juan era un torpe con el balón, además hubiera preferido mil veces ser desplazado por Diego. Se hubiera sentido menos humillado. Fue así que minutos antes del partido, se acercó al entrenador y con una extraña mezcla entre serenidad, rabia y frustración, le preguntó el motivo de la inclusión de Juan en el equipo titular. La respuesta que obtuvo hizo que se sintiera peor:
 
-   Juan fue superando sus problemas con el control del balón, aprendió algunas técnicas y ahora puede  correr perfectamente y anotar goles -le dijo el entrenador-  en cambio, tú fuiste decayendo en tus entrenamientos, te volviste un irresponsable.
-    Lo sé, profe.
-    Hasta estuve por sacarte del equipo, pero Juan intercedió para que te quedaras; también Diego pidió  una   oportunidad para ti.
-    Se lo agradezco. ¿Pero… por qué el titular es Juan y no Diego?
-    Porque Diego regresó a jugar por su equipo. Acordé con su técnico que entrenaría con nosotros porque quería que te enseñe alguna de sus tácticas ya que es un chico muy talentoso, pero sobretodo muy sencillo.

Raúl sintió que le temblaban las piernas y en ese momento sólo quería que la tierra se lo tragara. El entrenador le explicó que Diego había llegado para compartir sus técnicas con “su mejor prospecto”, pero que no entendió nunca la actitud que este tomó de alejarse siempre que Diego se acercaba:

- No sé qué te pasó, tú no eras un antisocial, pero desde el primer día Diego me comentó que lo mirabas  mal.  Incluso cuando conversaba conmigo sentía que te molestabas. Por eso decidió acercarse a Juan y  entrenar junto a él.

-    Y Juan aprendió sus técnicas y siguió sus consejos-murmuró resignado Raúl.

-    En realidad fue lo que tú debiste hacer, pero lo rechazaste. Juan tomó la oportunidad y se esforzó hasta        el final. Por eso está como titular.

El muchacho se disculpó con el entrenador por las tonterías que había cometido y le agradeció por la  consideración de contarle todo. Sin embargo, el técnico tenía todavía una duda:

-    ¿Ahora sí me dices el motivo de tu comportamiento?
-    Ya no viene al caso, maestro. Nuevamente discúlpeme. Y ya me voy, no le quito más tiempo.

A pesar que el entrenador lo invitó a quedarse a ver el partido y a seguir con los entrenamientos, Raúl consideró que no podría seguir asistiendo sin que saltaran los recuerdos de aquellas semanas en las que pudo lograr su más grande anhelo, pero terminó perdiéndolo todo: su opción de ser titular, una posible amistad con Diego, hasta su propia autoestima, sin contar con que sus padres ya no se sentirían orgullosos de él por sus méritos deportivos.
Tampoco quería quedarse  a ver el partido porque sabía que sus sentimientos le podrían jugar una mala pasada y no quería dar ningún espectáculo.

Rodeó la canchita, mientras empezaban a salir los equipos para el partido. Antes de llegar a la puerta volteó y pudo ver el rostro de alegría de Juan y el orgullo que sentían sus padres al verlo desde la tribuna. Raúl cruzó la salida en medio de una lluvia de papelitos picados y de ensordecedores ruidos de cornetas que hacían asemejar la cancha del complejo escolar con el Estadio Nacional. Una vez afuera dio un profundo suspiro.

Entonces lloró…
Lloró amargamente por haberse dejado dominar por sus ridículos pensamientos. Ellos lo habían vencido, no Diego, no Juan, no el entrenador.

Y regresó a su casa mientras pateaba incesantemente una chapita, al tiempo que se enjugaba las últimas lágrimas pensando que algún día la vida le daría una nueva oportunidad y cuando eso sucediera, se cobraría su revancha sin hacerle caso a sus tontos prejuicios.

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